RÃo perdido
RÃo perdido —SÃ, la comprendo, Ina Blaine —contestó Sewell con voz ronca, enrojeciendo, al mismo tiempo que levantó, amenazador, el puño enguantado—. Su padre nos ha inducido a creer que usted y yo éramos novios, que nos Ãbamos a casar pronto. Debido a ello mi padre se ha metido, con muchos miles de dólares, en el negocio de gana dos y de compra de ranchos. Y es más…, se ha enredado con ese maldito Less Setter. Usted…
Ina le hizo callar levantando la mano; la joven se habÃa puesto intensamente pálida.
—No quiero saber más —dijo con voz tajante—. No sé nada de lo que usted acaba de decir. Si mi padre ha hecho efectivamente lo que usted afirma…, me ha hecho mucho daño. Sólo me queda por decir lo siguiente. No me casarÃa con usted… ni para salvarme a mà misma la vida.
—Ha cambiado mucho desde que la vi la última vez, Ina Blaine —declaró Macadam con amargura y cierto deje estudiado de celos—. No he olvidado el modo como saludó usted a Ben Ide aquel dÃa en Hammell. Si le debo la calabaza que usted acaba de darme, lo pasará mal ese maldito cuatrero.
Ina estaba ya a punto de decirle que tenÃa razón al su ponerlo, mas se detuvo, y exclamó:
—No se atreverÃa a repetirlo delante de Ben Ide.