RÃo perdido
RÃo perdido —Entonces, ¿por qué tenÃa los ojos cerrados? —preguntó Sewell perdiendo el tono sonriente. Estaba encarnado, pero no parecÃa bebido.
Deseaba saber qué es lo que usted harÃa si hubiese dormido. Ahora ya lo sé.
—Bueno, sólo iba a besarla. ¿Qué importa?
—¡No tolero que me insulte usted! —exclamó Ina poniéndose en pie.
—No es un insulto cuando un hombre trata de besar a su chica —afirmó Sewell con gran descaro.
—Yo no soy la chica de usted ni de nadie —replicó Ina glacialmente.
—Si lo dice usted con sinceridad, mal negocio hacemos mi padre y yo —dijo el joven, dudando, sin embargo, de la sinceridad de Ina, pues sonreÃa ampliamente al mismo tiempo, mostrándose incrédulo.
—Señor Macadam, me asombra usted. Si su padre y usted mismo están haciendo un mal negocio, lo hacen sin saber nada yo. He sido siempre muy sincera en todos mis actos. Nunca me ha parecido usted muy inteligente y, además, la colosal vanidad que tiene le impide ver las cosas. Mas ahora me comprende, ¿no es eso…? Si no…