RÃo perdido
RÃo perdido Macadam llegó temprano y se dirigió en seguida a la cabaña, donde el padre de Ina estaba trabajando, a pesar de, ser domingo y contrario a su costumbre. Ina, desde la hamaca en que estaba echada, vio que sucedÃa lo que habÃa supuesto. Macadam volvió a salir a poco de la cabaña, dirigiéndose al bosquecillo. La joven le observó con disgusto y desprecio. Hasta Less Setter se le antojó más hombre que Sewell. Cuando menos, de aquél sentÃa cierto temor.
Cuando Macadam estaba ya a pocos metros, Ina fingió estar dormida, esperando que el joven petimetre mostrase ciertos instintos de caballero. Mas Sewell, al acercarse, empezó a andar de puntillas y llegó tan suavemente que Ina apenas le oÃa. Sintió la joven haber recurrido al ardid, pero decidió continuar haciéndose la dormida. De pronto, notó que Macadam estaba a su lado… y que olÃa a alcohol. Ina abrió los ojos y tuvo tiempo de dar un rápido movimiento a la hamaca para esquivar el beso. Luego se incorporó. Hubiérala consumido la cólera de no haber sido porque, de pronto, pensó que Macadam, al fin, la habÃa ofendido de hecho, y entonces casi se alegró de verle.
—Hola, Ina. Creà que dormÃa —saludó el joven, sin inmutarse—. ¿Cómo está?
—Gracias, estoy bien, señor Macadam —repuso Ina ásperamente—. Pero estaba despierta.