RÃo perdido
RÃo perdido —Ahora sà sé a qué atenerme —exclamó Sewell—. Se le ve en la cara. ¡Es usted una embustera! Hay que ver…, regresar de la ciudad con tanta educación y elegancia para liarse con un ladrón de caballos.
Ina no pudo contenerse ante el insulto. Con el revés de la mano, y pegando con fuerza, le cruzó la cara, haciéndole sangre en la boca.
—Le diré a Ben Ide lo que usted ha dicho —exclamó, gritando—. Y quisiera estar presente cuando le encuentre. Y con esto, señor Macadam, hemos acabado; no le dirigiré nunca más la palabra.
Dicho lo cual, Ina se metió en su tienda, cerró y atrancó la puerta de lona, bajando la persiana.
Oyó como Macadam se alejaba renegando y pegando a los árboles con el látigo. Después se dejó caer en una silla, cediendo a la reacción.
—¡Cómo me he enfadado! No sé qué me ha movido a encolerizarme tanto… Pero, no; Macadam se ha portado como un bruto. Me alegro de que haya sucedido. Ahora, a prepararse, porque vendrá papá hecho un toro bravo… Bueno, también le diré mi opinión.
No fue preciso esperar mucho. Ina no tuvo ni siquiera tiempo de serenarse. Pronto oyó las recias pisadas del señor Blaine.
—¡Ina! —exclamó con voz potente.
Ina esperó hasta que volvió a llamarla, esta vez más fuerte aún. Entonces le contestó: