RÃo perdido
RÃo perdido —Me alegro de que me lo hayas dicho. Espero que tu padre sabrá aprovechar la lección. Si no sabe proteger a su propia hija y deja a sus dos hijos pervertirse en la ciudad, bueno… es una lástima. Yo de ti, tomarÃa por novio a uno de nuestros fornidos vaqueros, para que te protegiese de hombres como Setter.
—¡Pero, mamá! —exclamó Ina, incrédula.
—Eso es hablar en plata, Ina, y es posible que yo sea ordinaria, como dijo de mà la madre de Sewell Macadam. Pero no me importa. La riqueza no lo significa todo, y yo sé distinguir entre lo bueno y lo malo. Y tardaré poco en decir a tu padre algunas verdades.
En aquel momento llegó Dall arrastrando una muñeca y un conejo de trapo, en vista de lo cual la madre dejó a Ina, yendo a su tienda.
—Ina, parece que estás de mal humor —dijo Dall—. Vente conmigo a jugar.
La joven se fue con su hermanita y pasó el resto de la mañana de un modo agradable. Tal vez el momento más feliz de la mañana fue ver alejarse a Macadam en su coche tirado por dos magnÃficos caballos. Marvie no regresó. La señora Blaine sirvió la comida al aire libre, a la sombra de un enebro, e Ina se dijo que aquélla era la primera comida dominguera, desde muchas semanas, en que se encontraba bien. Después ella y Dall ayudaron a fregar y a secar los platos.