RÃo perdido
RÃo perdido —Vuestro padre se ha olvidado de que estamos en domingo —observó la señora Blaine, complaciente—. Siempre tomamos la comida al mediodÃa los domingos. Lo echará de menos y tendrá que comer con los vaqueros.
Ina pasó la mayor parte de la tarde echada en su hamaca, leyendo y soñando, tanto despierta como dormida. En efecto, un momento que soñaba dormida, la despertó un vaquero, muy avergonzado y respetuoso, que traÃa re cado de su padre para que la joven fuese inmediatamente a su despacho. Ina, un poco emocionada, acompañó al vaquero y se aprovechó del momento para hacer algunas: preguntas.
Una de las cabañas habÃa sido dispuesta para servir de sala y despacho para el señor Blaine. No era muy limpia, pero, de todos modos, era una habitación alegre, un remedo de la misma que Blaine usaba para oficina en su hacienda.
El padre de Ina no estaba; la joven echó una mirada a la mesa grande, cubierta de cartas, papeles, documentos, contratos, todo en inexplicable confusión. Muchas veces la joven habÃa rogado a su padre que le permitiese llevar sus libros y archivar sus papeles, mas Blaine habÃa rechazado la idea. Él no necesitaba ningún tenedor de libros.