Río perdido
Río perdido Ina se detuvo, asombrada, aturdida. Se echó de pronto a temblar. El corazón, en un momento de incertidumbre y angustia, habíale revelado la verdad. Una confesión sencilla y natural, dicha en voz alta, adquirió de pronto proporciones enormes. ¡Ben Ide! Lo amaba desde que era pequeña. La verdad la aturdió. La amistad, la lealtad hacia el viejo amigo, todo había sido una máscara para ocultar el amor. Ina echó a correr, miedosa, de pronto, de que la viesen, de la luz del sol, de sí misma. Corriendo se metió en su tienda, cerró la puerta y se quedó con las manos oprimiendo el agitado pecho. Iba comprendiendo el terrible alcance del apuro en que se hallaba.
—¡Ben! ¡Ben! —murmuraba—. ¡Dios mío… si es mi vida!
Hasta el día siguiente no se recobró Ina de la tormenta de emociones que la embargara. Del caos espiritual surgió una mujer mucho más segura de sí misma, una mujer que despreciaba la debilidad sentida ante los problemas del día anterior.