RÃo perdido
RÃo perdido Esto fue demasiado para la dignidad y reserva de Ina, ya bastante limitada por el éxito obtenido en ablandar atan poderoso personaje. Respondió sólo a un gozoso impulso. Deseaba darle todo lo que podÃa; hubiera dado una fortuna si la hubiese poseÃdo. Mas no tenÃa nada que dar a un hombre excepto gratitud, admiración y cariño. Ina alargó de pronto los brazos y le dio un beso en la atezada mejilla. Luego se echó atrás, avergonzada y roja como la grana, riendo, sin embargo, al ver a aquel hombre maduro hecho una piedra.
—Eso, señor Strobel, no es de su agente…, sino de su amiga… Hasta siempre —dijo, muy contenta, y echó a correr.