Río perdido

Río perdido

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Tenía Marvie otras noticias que se reservaba para Ina, y se las contó cuando ésta se puso en la hamaca, después de la cena, para contemplar la puesta del sol. Algunos de los vaqueros habían estado en Río Perdido. Ben Ide acababa de regresar de nuevo. Sus pastos estaban llenos de espléndidos caballos salvajes a medio domar. Dentro de pocos días el compañero de Ben y el indio llegarían con los últimos caballos cazados en los campos de lava, y entonces se quedarían una buena temporada en su propiedad de Río Perdido.

—Y puedes estar segura de que iré a ver a Ben tan pronto se marche papá —aseveró Marvie—. Tú sabías que papá se va a marchar, ¿verdad, Ina?

—No, no lo sabía —repuso Ina incorporándose llena de interés—. ¿Cuándo? ¿Dónde?

—Mañana, dicen los vaqueros. Yo me levantaré muy temprano para estar fuera cuando se marche. Así no podrá decirme que no haga tal o cual cosa. Va a salir, con el carro-cocina y unos cuantos vaqueros, para uno de sus ranchos, cerca de Silver Meadow. Los muchachos hablan mucho de Silver Meadow. A mí me pica la curiosidad, porque siempre que me ven se callan.

—¿Por qué no te mantienes alejado, pues?

—A veces me olvido. Oye, Ina; ahora será una buena ocasión para que vengas conmigo a Río Perdido —dijo Marvie bajando la voz.


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