RÃo perdido
RÃo perdido —¡Oye, Marvie! —murmuró Ina—. Ahora… no puede ser.
—¿Cómo? ¿Es que le tienes miedo a papá o a ese Setter?
—No, no es por ellos —dijo Ina—. No…, Marvie, no puede ser.
—Pues tú has dicho que irÃas. ¿Qué te pasa ahora? Ben se alegrarÃa mucho, nos enseñarÃa aquel manantial y el remanso que los muchachos dicen que está lleno de truchas. Nadie nos verá y papá no lo sabrá nunca… Ina, yo irÃa contigo a todas, partes.
Si Marvie hubiese sabido, no se habrÃa esforzado tanto; Ina sentÃase débil, desamparada, y era fácil convencerla.
—Muy bien, iré… algún dÃa —repuso la joven, tratando de pretender que era la persuasión de su hermano y no su propio anhelo lo que la obligó a contradecirse.
¡Qué aliviada se sintió Ina cuando Marvie se marchó saltando de alegrÃa! Con un suspiro recostóse en la hamaca entregándose de lleno a sus pensamientos.
Sin embargo, la hamaca la retuvo poco tiempo. Le invadió una gran inquietud, y se levantó para pasearse bajo los enebros hasta que el ejercicio y el razonamiento le devolvieron poco a poco la calma.