Río perdido
Río perdido Entre tanto, el sol habíase puesto tras las grises montañas en la artemisa; veíase, no obstante, aún luz en las lejanas laderas y en las altiplanicies que llegaban a las negras sierras.
Ina se dirigió a su sitio favorito, una roca en la punta de una eminencia, oculta desde el campamento, y desde el cual tenía una amplia y hermosa vista sobre la región.
—No puedo ir a Río Perdido —se dijo—. Deseo ver a Ben… ¡Oh! ¡Cuánto lo deseo!… Le amo. Y tal vez…, no, no…, él no me ama… Cuando menos así me lo pare ció. Mi corazón me lo hubiese dicho… No debo verle. Sin embargo, lucharé por él de la misma manera.
La dorada luz del sol retrocedió del promontorio arbolado y de la pequeña cabaña que había al otro lado del lago donde Ben tenía su hogar, e Ina vio cierta semejanza entre aquel cambio y el humor de ella, porque ella es taba cambiando todos los días, todas las horas. Algo extraño la invadía, tal vez era una inmensa tristeza.