Río perdido
Río perdido Comprendió bien en aquella hora solitaria por qué aquella región selvática habíase apoderado de su imaginación y de su corazón entero. Hubiérale gustado vivir siempre allí, rodeada sólo de lo más necesario de la vida. Sintió que para ella era preferible la lucha con los elementos, con la dura y solitaria selvatiquez, a la dependencia y mala comprensión, al odio, y a las antipatías de las gentes que, como su hermana Katie, preferían la ciudad.
—Tengo sangre de exploradores, de aventureros, en mis venas —se dijo Ina—, pues así lo decía siempre tío Carlos. Todo lo que necesito es un explorador.
La idea le causó risa, pero una risa triste, sin alegría. Todo lo que era necesario para completar su vida, para llenarla por completo, para hacerla feliz, era que viniese Ben Ide y la llevase como esposa suya a aquella pequeña cabaña gris que miraba al Oeste. Y al contemplar de nuevo la amada casita, la luz retrocedió del todo de ella. ¿Estaba Ben allí, mirando por encima del lago hacia el campamento? Seguramente sabía que ella se hallaba en aquel nuevo rancho de los Blaine.
—«¡Oh, no!, no debo soñar de este modo —murmuró la joven sustrayéndose a su ensimismamiento—. Es una locura. Ben nunca lo sabrá… y si lo supiese, jamás ven dría aquí».