Río perdido

Río perdido

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—La culpa de que Strobel hablara tanto fue de Ben —observó Nevada con una sonrisa que devolvió a Ina un poco de su calma—. Strobel quiso hablar con nosotros sobre los caballos, sobre la región; pero Ben no le dejaba en paz, porque sólo le interesaba saber de usted. Y todo lo que dijo Strobel fue que usted es muy buena mucha cha, muy bella y que le había tratado con tanta amabilidad. Ben dijo una y otra vez: «¿Sabía ella que usted iba a venir aquí y no le mandó ningún recado?». Y Strobel contestaba: «Ben, no lo recuerdo exactamente, aunque habló de ti de un modo casual, refiriéndose a los caballos salvajes y a la lucha». Y entonces Ben suspiraba y se mesaba los cabellos, diciendo: «No, es propio de Ina Blaine». Hacia el final de su lento hablar, tan agradable en el tono de voz de Nevada, Ina iba recobrando rápidamente la serenidad.

—Venga, sentémonos a la sombra —dijo cordialmente al vaquero—. Me gustaría llevar a su caballo de la brida. ¡Qué maravilloso es! Claro que se trata de un animal salvaje, domado; lo veo en sus ojos. Y, sin embargo, sabe que no he de hacerle daño.

—Señorita, espérese hasta que vea el Rojo de California —observó Nevada—. Entonces podrá hablar de un caballo bueno. Y va a ser de usted antes que termine el año.

—¡Ah! ¿Es que a Ben le atrae la extravagante oferta de mi padre? —preguntó la joven.


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