RÃo perdido
RÃo perdido —Creo que, al principio, sÃ; pero ahora jura que, si coge al Roja, a nadie se lo ha de vender, sino que se lo va a regalar a, usted.
—Mal negocio es esa esplendidez para un pobre cazador —repuso Ina moviendo la cabeza—. DÃgale a Ben que se atenga al ofrecimiento de mi padre.
Poco tardó Ina en hallarse sentada, a la sombra del árbol, junto al amigo de Ben, alegrándose del hecho y hablándole con entera libertad: Además, ahora le era posible mirarle sin pensar en sà misma ni en su secreto. Y Nevada era bueno de mirar. Nunca habÃa visto la joven un rostro como el suyo, alargado y enjuto, de cutis limpio y atezado, sin barba, con alguna que otra lÃnea dura que desaparecÃa al sonreÃr. Sus ojos eran maravillosos en su penetrante negrura. Ina temÃa la fuerza de su mirada, mas, al mismo tiempo, sentÃase protegida. Decididamente, Nevada le gustaba y tenÃa en él plena confianza. La lealtad del vaquero hacia Ben y el orgullo que le inspiraba la amiga de éste, tenÃan para la joven un dulce encanto y ofrecÃanle cierta protección.