RÃo perdido
RÃo perdido —Bien, me alegro no tener que decepcionarle —repuso Ina alegremente—. Vi a Hettie hace dos semanas. Hablamos largo rato. Estaba bien y era dichosa. Su madre está cada vez mejor. Me habló de usted, le quiere, cree que usted es un leal amigo de su hermano Ben. También está segura de que los dos son ustedes honrados y sin ceros, y que desmentirán los viles chismes con su conducta. ¡Ah! Se pondrÃa usted muy vanidoso si se lo dijera todo.
A juzgar por la agitación que acometió a Nevada, la joven ya habÃa dicho bastante. Un espasmo de angustia pasó por su rostro como una negra sombra.
—¡Dios mÃo! ¡Si yo pudiese olvidar el pasado, recordando sólo lo presente! —exclamó, desesperado.
—Nevada, con su conducta puede usted borrar cualquier pasado —respondió Ina, sorprendida y afligida.
—¿Aunque sea muy malo?
—SÃ, a pesar de ello.
—¿PodrÃa llegar a ser digno de Hettie?
—Ya lo creo. Sea usted lo que ella desea…, lo que ella le suplicó que fuese. Entonces será digno.
—La amo —repuso Nevada cubriéndose el rostro con ambas manos. Asà quedó largo rato, y cuando alzó la cabeza, habÃase serenado—. No era mi intención hablar de mà mismo —dijo—. Mas no hay daño en ello. Me alegro de que usted sepa lo que siento. Y tampoco le hará daño saber lo que siente Ben.