RÃo perdido
RÃo perdido —No, no hubiera sucedido eso, por dos motivos. Si no le intereso, poco puede importarle lo que yo haga. Mas si Hettie, ¡Dios mÃo, se necesita valor hasta para suponerlo siquiera!, si Hettie me amase…, no me despreciarÃa por matar a Setter. Y yo le digo, Ina, que las cosas pasarán asÃ, y verá usted que la Ley y las gentes olvidarán pronto a Setter. Cuando se descubra quién es, celebrarán la presencia de alguien que sepa manejar armas. Ése soy yo, aunque en esta región no se conozca el hecho. Muy grande habrÃa de ser su ventaja para atreverse a «sacar» un revólver sobre mà como lo hizo sobre Ben.
—¿Quiere usted decir que quiso matar a Ben, que trataba de quitarlo de en medio de ese modo? —preguntó Ina estremeciéndose.
—¡Hum! Ya lo creo, y ahà está mi mala estrella, por no haber estado presente —respondió Nevada—. Pero nos alejamos del asunto. Mi temor por Ben no estriba en la lucha que se avecina. Puede esquivar las balas, pero no el amor, el querer que le tiene encadenado y sujeto. Por eso he venido aquÃ. Para decirle a usted lo que Ben jamás se atreverÃa a confesar, a no ser que se lo arranque por sorpresa.
—DÃgale que venga a mà —murmuró Ina alargando la mano hacia tan persuasivo amigo.