RÃo perdido
RÃo perdido —¡Hola, Ben! —saludó el muchacho, radiante de alegrÃa—. El otro dÃa no pude quedarme aquà y por eso, vuelvo hoy.
—Bueno, muchacho, apéate y entra —repuso Ben, contento en alto grado—. Apenas te vi aquel dÃa, pero ¿verdad que no te faltó diversión?
—Claro que no —replicó Marvie clavando en él una mirada de admiración.
—Marvie, me alegro mucho de que hayas venido a ver a este solitario, y en agradecimiento, te voy a regalar un caballito que no está aún domado del todo. Hasta que puedas optarlo, lo retendré en mi corral, pero, desde luego, tuyo es.
—¿Pero de verdad, Ben Ide, que usted me va a dar un caballo salvaje? —exclamó Marvie.
—¡Vaya!
—Ben sonrió al ver la satisfacción del chico.
—¡Hurra! ¡Qué suerte la mÃa!, pues sólo he venido aquà para verle a usted y para ir a pescar.
—Bueno, bájate de ese rocÃn matalón y ven a ver lo que son caballos de verdad. ¡Ajá! Ya veo que te has traÃdo una caña de pescar desmontable. ¡A ver…! No es muy fuerte, Marvie…, no sirve para mis truchas.
—¡Caramba! —exclamó Marvie, asombrado, al oÃr a su amigo.