RÃo perdido
RÃo perdido —… Que se morÃa de risa al verlo.
Ben respiró muy hondo y miró receloso a Marvie. ¿Acaso ese chico de limpios ojos podrÃa ser capaz de duplicidad?
—Marvie, si me mintieses en estas cosas…, podrÃas despedirte de caballos y de pesca y de mi amistad.
—Ben, le digo la pura verdad —protestó Marvie con rapidez—. Ina dijo eso y lo que dijo además es aún muchÃsimo mejor.
—Entonces… ¡por lo que más quieras!, habla —contestó Ben.
—Dijo: «Dile a Ben que venga a verme…». Y ahora, Ben, ¿qué dice usted?
—Me faltan palabras, hijo mÃo —repuso Ben, confuso y emocionado.
Y en lugar de hablar, arrastró a Marvie llevándolo al patio, al corral, a los graneros, y, por fin, a los campos de pastos y al remanso donde brotaba el manantial prodigioso. Allà enseñó al muchacho el arte de pescar truchas. El aparejo de Marvie se rompió como Ben habÃa predicho, pero no sin que el chico hubiese hecho una buena pesca. Cuando regresaban a la cabaña, Marvie estaba cabizbajo por la pérdida de su caña de pescar, y Ben trató de animarle.
—Ya te llevas buena cosa para la cena. Cinco truchas y de buen peso todas. La próxima vez te traes un aparejo más fuerte o usa el mÃo.