RÃo perdido
RÃo perdido La frase «la próxima vez» recordó al muchacho que, a pesar de la pena del momento, la vida aún valÃa la pena de vivirse y que le quedaban muchas horas de alegre pesca. Al penetrar en la vivienda, Marvie habÃa recobrado por completo su habitual alegrÃa y después de charlar un rato más, el muchacho se dispuso a regresar.
—Ben, me gustarÃa más vivir aquÃ, con usted, que en nuestra casa del lago Tule —dijo, montando en su jaca—. Y me apuesto cualquier cosa a que Ina piensa lo mismo.
—No, amiguito, las muchachas piensan de distinto modo tratándose del hogar —repuso Ben procuran o mostrarse natural, cuando de buena gana hubiese bailado cabeza abajo—. Nosotros los hombres gustamos de los espacios abiertos, de la caza, de caballos, de la pesca, en fin, de trabajar al aire libre. Pero las chicas quieren comodidades, lujos, sociedades, diversiones…
—Es posible que sea asÃ, pero eso no reza con Ina. Ella ama todas esas cosas que usted ha dicho, lo mismo que nosotros. Además, está loquita por usted, Ben. Esa chica no me engaña a mÃ, lo sé muy bien.