RÃo perdido
RÃo perdido —No…, no—:…, imposible —murmuró Ben, sin saber si alegrarse o desesperar.
—Pero… es la verdad…, te quiero lo mismo que cuando éramos novios, de pequeños… y mucho más ahora… con el amor de una mujer que por ti lo sufrirÃa todo.
Ben irguió la cabeza, decidido ya a rendirse a la evidencia; una llama peligrosa le consumÃa.
—¡Qué mujer tan maravillosa! —dijo en voz baja y ronca.
—¿Por qué no dices que esta maravillosa mujer es tuya? —murmuró ella apoyándose en él.
—Porque no puedo creerlo… no puedo aceptar ese sacrificio tuyo, Ina, reflexiona, ¡piensa! Soy un proscrito…, estoy a punto de ser arrestado… y tú, mujer noble e ideal…, no, no, no…, no puedo hacerte desgraciada. No lo quiero… Dios mÃo, ¿qué debo hacer?
—Bueno, Ben querido, si quieres un consejo, espérame en Hammell mañana o pasado.
—¿En Hammell? ¿Por qué? ¿Para qué la gente vea que te quiero y vea también mi cobardÃa?
—No…, para que vea tu orgullo —exclamó Ina.
—Ina, no te comprendo. Estoy aturdido. No sé qué pensar.