Río perdido

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—Lo sé. El éxito y el dinero se le han subido a la cabeza —dijo Ben, y de pronto, sin poder dominar el miedo y los celos, añadió—: Pero es posible que se apodere de alguna manera de Ina.

—¡Imposible! —exclamó Nevada—. A no ser que la rapte, y en tal caso, con Modoc al lado, descubriría sus huellas hasta en la roca pelada. Y Setter no viviría mucho tiempo.

Al día siguiente, a la caída de la tarde, terminaron Ben y Nevada la caminata de treinta millas hasta Los Cedros y acamparon bajo los árboles de corteza gris que dieron nombre a aquel lugar.

Hallábanse a una altura mucho mayor que en Río Perdido, y el aire frío, tras el calor de la tierra baja, fue saludado con alegría por los dos. Sus temores de que el manantial estuviese seco resultaron infundados. Todavía borboteaba el agua de la arena, aunque escasa en volumen. A cierta distancia formaban un charco bastante grande, alrededor del cual veíanse las huellas de animales de toda especie, que acudían allí a beber, inconfundible señal de la sequía que reinaba en la región.

—Aquí no ha, estado ningún caballo desde hace bastan te tiempo —observó Nevada, después de examinar detenidamente el suelo—. Me apuesto cualquier cosa, Ben, a que esos bandidos conocen otros manantiales de los que los vaqueros no tienen idea.


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