Río perdido
Río perdido —¡Ah! Me alegro de que no seas tan malo. Pero me apuesto un millón a que si mañana hubieses de casarte con Ina y tuvieras ocasión de cazar al Rojo, no acudirías a la iglesia.
Ben estuvo un momento pensativo, buscando una frase para hacer callar a Nevada, y de pronto exclamó muy animado.
—Hablemos de bodas… Ina y yo hemos decidido retrasar la nuestra hasta que tú y Hettie os podáis casar al mismo tiempo que nosotros.
Nevada dio un salto y de pronto, cabizbajo y triste, se volvió para enfrascarse en los deberes del campamento. Ben deseaba que callase en sus insultos, pero no que tomase las cosas a lo trágico. Si era tan franco en admitir su amor por Hettie, como Ina le aseguró, ¿por qué la idea del matrimonio con ella le causaba tanta pena? Debía ser porque Nevada no podía, honradamente, pensar en el matrimonio, lo que disgustó a Ben. A poco, comprendiendo que era ocioso estar allí sentado soñando y preocupándose, el joven se dijo que lo mejor para él y para su porvenir sería ponerse seriamente a trabajar y olvidar en lo posible a su hermana y a su novia.
Decidido lo cual, Ben mostró de nuevo su innata alegría en el trabajo al aire libre. La tarea que se habían impuesto tenía trazas de ser una gran aventura.