RÃo perdido
RÃo perdido —No tropezaremos con ninguno de ellos —declaró Nevada—. Tenemos demasiada pupila para hacer eso. Además, estamos mucho más al oeste.
Pero si Hall aballa ganado hacia las montañas, desde Silver Meadow, no puede menos que dejar huellas. Strobel podrÃa hacer que alguno de los vaqueros de mi padre jure el cargo de agente y con él podrÃa seguir las huellas y encontrar la pista de Hall.
—Claro que es posible —admitió el vaquero—, pero hasta ahora no se ha dado nunca. Además, ningún daño nos sucederÃa si tropezamos con Strobel. Es un hombre muy discreto que calla lo que piensa. Tengo idea de que siente simpatÃas por ti.
—SÃ, de niño me enseñó a pescar —repuso Ben—. Bueno, es hora de dormir. Mañana subiremos más alto y otearemos. ¿Has amarrado los caballos?
—No. No hace falta, porque no se alejarán ni dos pasos de ese trozo de hierba húmeda del charco. He atado al negro. A fe que, por ser un garañón salvaje, domado hace poco, se porta muy bien. Te digo, Ben, que al fin y al cabo el forraje es lo que doma los caballos. Al negro le gusta el trigo.