RÃo perdido
RÃo perdido —Venga —contestó Ben amartillando su fusil. Cuando las oscuras figuras de los jinetes atravesaron otro claro entre los bosques, Ben y Nevada dispararon una descarga de treinta y dos tiros en pocos segundos. Los muros de la cañada repitieron el eco de los disparos en atronadora intensidad.
—¡Mira cómo corren! —gritó Nevada muy satisfecho, levantando el revólver humeante—. Ya no se ven. Caramba, sà que se han asustado. Ahora, atención. Estoy seguro de que entrarán en aquel ramal.
—Ha sido grande, ¿verdad? —murmuró Ben dejando sus armas en el suelo para que se enfriasen— jurarÃa haber herido a uno de ellos. Se tambaleó en la silla.
—No es fácil, pero tal vez sea verdad. ¡Ojalá! Ahora, fÃjate bien.
Pocos momentos después vieron que los cinco jinetes, muy distanciados entre sÃ, entraban en la desembocadura de la cañada lateral. Un caballo de carga, que corrÃa alocado; les dio la prueba de que los bandidos pasaban gran des dificultades.
—Se han dejado sus mantas en el campamento —dijo Nevada, satisfecho—. Paréceme que Bill Hall lo habÃa pasado, hasta ahora, tan bien en esta región, que se olvidó hasta del sonido de una bala. ¡FÃjate cómo corren!