Río perdido

Río perdido

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Tres horas necesitaron Ben y Nevada para bajar al valle que cruzaron para subir al borde opuesto de la caña da. La pista del ganado que había en su camino adquirió ahora para ellos distinta significación. Probablemente Hall no había reunido los animales robados en un solo hatajo hasta tenerlos a todos en la cañada.

Subiendo y bajando laderas de una colina a otra, llegaron los dos amigos por fin, al oscurecer, a su campamento, donde encontraron a Modoc con la cena dispuesta, los caballos atendidos y parte del equipo preparado para la marcha.

—¡Qué demonio de hombre es este Modoc! —exclamó Nevada al verlo.

Ben estrechó la mano del indio, obviando con el apretón de manos toda explicación; Nevada, en cambio, siempre locuaz, continuó hablando.

—Modoc —dijo—, la verdad es que Ben y yo somos todos tontos. Ben, por revelar nuestra presencia, y yo por habérselo dejado hacer. Pero la cosa sucedió con tanta rapidez, que ninguno de los dos nos dimos cuenta. Lo siento, porque usted hizo una maravillosa labor.

—No sentir nada. Mucho bueno —repuso el indio sonriendo.

—¿Qué quiere usted decir? —exclamó el vaquero, asombrado.


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