Río perdido
Río perdido Las horas de aquel memorable día pasaron rápidas, y nunca, en ningún momento, dejaban de vigilar la caverna cuatro ojos de aguda mirada.
Llegó la noche Ben y Nevada estaban tras la eminencia de lava, a lo larga del borde de la caverna. La entrada se hallaba envuelta en densas tinieblas.
El vaquero oyó algo que le obligó a advertirlo a Ben. Éste, escuchando con toda atención, percibió un débil sonido, del que dedujo que abajo arrastraban algo colocado en una lona sobre la superficie desigual de la bajada.
—Están retirando sus provisiones —observó Ben. Nevada, al oírlo, se apoyó sobre una rodilla y disparó rápidamente varios tiros en dirección de la caverna. Ben, echado de bruces a la derecha de la roca de lava, con el rifle sobre el borde, vio los vivos destellos de los disparos con que los bandidos respondieron. Al instante apuntó en dirección del último disparo y apretó el gatillo. Un grito angustioso desde abajo le probó que había apuntado con acierto, hiriendo seguramente a alguien. Luego se hizo otra vez profundo silencio.
—Oye, ¿has oído el silbido de las balas? —preguntó Nevada.
—No.