Río perdido

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Así transcurrieron dos semanas. Ben se sorprendió a contar los trocitos de madera que había guardado, uno por cada día, para llevar la cuenta del tiempo. No obstante, hubiera podido advertir la proximidad del otoño fijándose en las frías mañanas y en el color cambiante de las hojas. Modoc avisó que el manantial de la caverna de la que se surtían de agua tenía ya una gruesa capa de hielo. Otra prueba del cambio de la estación la traía consigo el hecho de que la caza bajaba de las alturas. Modoc logró dar muerte a un ciervo en el mismo campamento, y Ben los vio muchas veces y los oía todas las noches. Los animales conocían la pista que llevaba a la caverna donde se ocultaban los abigeos, porque allí abrevaban siempre en invierno.

Una tarde volvió Modoc al campamento, después de su visita diaria a los caballos, con el rostro ensombrecido.

—Caramba, Modoc, ¿qué le pasa? —preguntó Nevada. Ben miró a su fiel compañero con el corazón oprimido.

—Malo —repuso el indio lentamente—. Modoc no querer decir.

—No me ocultes nada —dijo Ben.

—Caballo rojo beber en nuestra caverna de la trampa.

—¿El Rojo de California? —exclamó Ben levantándose de un salto.


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