Río perdido

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Ben no contestó, y Nevada se quedó sin saber qué decir, caso raro en él. El joven apartó decididamente de su pensamiento la noticia que trajera Modoc; sabía que era peligroso pensar en el Rojo de California, y sólo pensando en Ina podría alejar de él aquel obsesionante recuerdo del más noble de los garañones salvajes. Y a pesar de haberse prometido alejar también a Ina de su mente mientras realizaba la tremenda tarea de su liberación, evocó ahora el dulce recuerdo y el gran amor de ella.

Llegó el día en que de la caverna de Bill Hall no salía ni ruido de voces, ni el humo de sus fogatas. Ben y Nevada empezaron a hacer conjeturas. ¿Acaso los bandidos habían acabado toda la leña? ¿Por qué no hablaban ya en voz alta? ¿Sería posible que, al fin, hubiesen hallado otra salida por la que huir?

—Yo estoy en que es un ardid —aseveró Nevada—. Me apuesto a que seguirán esa táctica hasta que se mueran de hambre. Naturalmente, el no saber a qué atenernos sobre la causa de su silencio, nos ha de poner nerviosos. Hall lo sabe, pues es muy listo. Acaso crea que no somos capaces de resistir la incertidumbre. Hay que admitir que es muy dura.

—El que no tengan leña, no implica que se les hayan acabado también las provisiones —dijo Ben, pensativo.


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