Río perdido

Río perdido

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—Claro que no. Precisamente nuestro flaco está en no saber nada, en tener que esperar sin saber. Muchos cae rían en el error de intentar bajar a la cueva para salir de la incertidumbre. Nosotros no. Aquí estamos y aquí estaremos hasta el fin.

Transcurrieron diez días más… Días de paciente vigilancia e intranquilidad cada vez mayor. Había llegado el mes de septiembre. Ya no tenían los sitiadores ni azúcar, ni café, y vivían tan sólo de pan, carne, agua y manzanas secas. Ben llegó hasta el punto de no comer más que una vez al día.

Así pasaron otros días, interminables, deprimentes. Los bandidos no daban ninguna señal de vida. Parecía imposible que estuviesen aún allí abajo y vivieran. Pero Ben, quien sufría más que nadie la incertidumbre, comprendió que seguramente era más fácil para los sitiados permanecer quietos, que para los sitiadores aguantar la inseguridad. Hall no sufría ninguna incertidumbre. Su única esperanza era que los de arriba se cansasen y se marcharan, o corriesen el riesgo de entrar en la caverna.

Por fin, una mañana, cuando Ben fue a relevar a Modoc en la guardia, Nevada dijo en voz baja a su amigo:

—Me parece que he oído pisadas abajo.

Ben no tuvo siquiera tiempo para contestarle, manifestando su alegría, porque al punto se oyó una voz ronca desde abajo.


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