Río perdido
Río perdido La aguda mirada de Ben percibió pronto una sombra que se movía y que resultó ser el corpulento capitán de los bandidos, quien penetró sin miedo en el círculo iluminado de la parte exterior de la caverna, llevando su revólver cogido por el cañón. Al llegar al exterior, echó lejos de sí el arma. Descubierto, despeinado, sucio y macilento como estaba, revelaba plenamente el resultado de las terribles semanas ¿le asedio?
—Muy bien, Bill —dijo Nevada gritando—. Dé unos pasos…, eso es…; ahora a la derecha…, levante las manos…, así. Y ahora llame a sus hombres y dígales que hagan lo mismo, pero que salgan de uno en uno.
—Sal, Jenks, y haz como yo —dijo el capitán. Apareció esta vez un bandido de estatura elevada, harapiento de aspecto, el cual tiró su revólver con un terrible juramento, colocándose después al lado de Hall, el macilento rostro expuesto a la luz del día. El tercer bandido era un joven alto, de pelo rubio y barba amarilla; el cuarto, flaco y de piel morena. El último salió lentamente, cojeando un poco; era el que había estado herido.
—¿Dónde están sus fusiles? —preguntó Nevada, al que no se le escapó detalle.
—Abajo —repuso Hall moviendo la cabeza en dirección a la caverna.
—Pues vaya uno de ustedes y tráigalos, poniéndolos junto a las demás armas.