Río perdido

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Cumplida la orden, Nevada se levantó, el rifle dispuesto, y rogó a Ben y a Modoc que quitasen la cerca que obstruía la estrecha pendiente.

—Ahora, Hall, suba usted —continuó el vaquero—. Y tú, Ben, cuando llegue, le apuntas con el revólver y le obligas a que se siente en el suelo para que Modoc le ate los pies.

A Ben Ide, contento y emocionado por la victoria, le pareció corto el tiempo que los cinco bandidos tardaron en hallarse fuera de la caverna, atados de pies y manos, sin poderse mover. Todo el aspecto de ellos atestiguaba la terrible prueba por la que habían pasado antes de rendirse.

—¿Sólo sois tres? —preguntó Hall con aspereza.

—Claro. ¿Qué quería? —repuso Nevada—. Pero van a venir otros. Éste de aquí es Ben Ide, el hijo del hombre cuyo ganado tenía usted en aquel cañón.

—¿Usted es Benjamín Ide? —preguntó Hall mirándolo de hito en hito con sus ojos vivos.

Ben asintió con un movimiento de cabeza, pero sin entusiasmo. Le chocó que Bill Hall hubiese oído hablar de él.

—Bueno…, ahora que nos tienen cogidos, ¿qué van a hacer con nosotros? —preguntó el capitán de los bandidos, volviéndose de nuevo a Nevada.


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