Río perdido

Río perdido

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—Van a buscar a Ben —exclamó Marvie—. Y antes de perseguirlo, van a saquear su rancho… Ina, si tú me prometes decir a papá cualquier mentira…, llegado el caso, montaré a caballo, para ir al otro lado del lago para ver qué se propone Judd.

—Diré que yo te lo he mandado y te defenderé, Marvie. Ve, querido hermano. Llévate estos gemelos y mantente fuera del alcance de su vista —contestó la joven con voz decidida.

Una hora después del desayuno, como tenía ahora por costumbre hacerlo todas las mañanas, Ina se encaminó a la oficina de su padre. Había ya terminado las pequeñas tareas que éste le cedió de mala gana, mas no por eso dejaba de ir. Más aún, deseaba precipitar los acontecimientos que le parecían inevitables.

Y como siempre había algún vaquero en la vecindad, la oficina de su padre se le antojaba el lugar más seguro. Estaba la joven sentada a la mesa de su padre, el Diario abierto ante ella, la pluma en la mano, cuando entró Setter.

—Buenos días, querida —dijo suavemente.

Ina no alzó los ojos, ni contestó; siguió escribiendo. Setter se echó a reír, y la risa del malvado desconcertó a la joven. Setter avanzó lentamente y, por fin, se sentó sobre la mesa, cerca de ella.

—Ina, ¿no quiere darme los buenos días? —preguntó con amabilidad.


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