RÃo perdido
RÃo perdido —¡Bah! No me trago yo eso, señorita Ina Blaine —observó Setter, mas era obvio que la inesperada indiferencia de ella ante la ruina de su padre le habÃa aturdido, enfureciéndolo hasta el paroxismo.
—No me importa lo que usted se «trague» o no —repuso Ina—. Pero salga usted de aquÃ, o déjeme salir.
—Espérese hasta que haya acabado de hablar —contestó Setter mirándola fijamente—. Aún no le he dicho que puedo poner a su padre en la cárcel por haber alquilado a ladrones de ganado. Pues bien, puedo hacerlo. Ina vio en el rostro de Setter que éste decÃa la verdad, aunque no toda. Ése habÃa sido, pues, el secreto de su oculto poder, y ahora se desenmascaraba porque creÃa que ella no se atreverÃa a hacerle traición. El pensar en la posible desgracia de su padre llenó a Ina de amargura, pero no la hizo flaquear. Tras un momento de vacilación, hÃzose fuerte otra vez.
—¡Oh!, ya comprendo —dijo con acento burlón—. Hace poco era el pobre Ben Ide quien era cómplice de los abigeos; ahora lo es mi padre… Supongo que lo que usted quiere decir es que Ben y mi padre son cómplices del mismo crimen.
—Yo echaré a Ben Ide de este paÃs o lo meteré en la cárcel —exclamó Setter, hecho una furia.
—¡No hará usted tal!