Río perdido

Río perdido

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La idea pareció tan absurda al joven que se echó a reír. ¡El Rojo de California, aquel loco y veloz corcel, para la dulce Ina Blaine! Era ridículo. Y, sin embargo, Ina Blaine no era la única persona a la que Benjamín hubiera concedido la posesión del caballo, aunque fuese sólo de pensamiento. El Rojo de California le pertenecía a él por derecho propio, por haberlo descubierto —pues Ben había sido el primero que lo viera como potro en la artemisa— y por los años que llevaba vigilándolo.














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