RÃo perdido
RÃo perdido —Hija mÃa, hace tiempo me hubiese gustado volver a Lago Tule —repuso Blaine, con rostro sombrÃo—. Pero puede que ya no sea mÃo. Cuando menos, asà lo dice Setter. Este rancho es todo lo que tengo libre de hipo tecas y gravámenes.
—¡PapaÃto! ¿Es posible? —exclamó la joven.
—No sé. Me hago un lÃo con todos esos negocios. El caso es que Setter me tiene cogido, y ahora insiste en que te obligue a casarte con él. Creo que no me gustarÃa que lo hicieras, aunque estuvieses dispuesta a ello.
—Gracias, papá —repuso Ina, satisfecha—. Tú lo que debes hacer ahora es no ceder ya un solo palmo por nada ni por nadie. ¡Espera!
—¿Qué espere?… Bueno, hijo, a decir verdad, ya es taba flaqueando y a punto de ceder otra vez, pero ahora… esperaré, cueste lo que cueste.
Al avanzar el mes de septiembre, los bordes del lago amanecÃan cada mañana con escarcha y hielo, aumentando la superficie helada de dÃa en dÃa. El cielo otoñal era espléndido con su diáfano color azul, las blancas y veloces nubes que lo cruzaban, y el viento fresco y fragante.
Una mañana olvidóse Ina de los negros nubarrones que se cernÃan sobre el rancho, pues el dÃa presentábase espléndido, y cuando más encantada se hallaba contemplando el paisaje, apareció Marvie corriendo.