RÃo perdido
RÃo perdido —Buenos dÃas, señor Blaine —contestó Judd con voz ruidosa—. Ya tenemos pruebas de los robos cometidos por Ben Ide. Las hallamos en su propio granero. También le seguimos la pista y hemos visto que se ha ido al monte. De algún modo supo de nuestra llegada y se marchó la noche antes de aparecer nosotros en RÃo Perdido. Dejó atrás sus provisiones, sus vestidos, sus caballos, entre ellos un garañón negro acabado de domar. Perdimos sus huellas, pero continuamos recorriendo la región y un dÃa encontramos las huellas de ganado en una profunda cañada. Las seguimos y tropezamos con un hatajo de doscientas cincuenta cabezas de ganado. Casi todas llevaban la marca A I de Amos Ide; pero habÃa entre el hatajo algunos machos con la marca de usted.
—Entonces, ¿han encontrado ustedes parte del ganado robado? Pero ¿cómo van a demostrar que lo robó Ben Ide? —observó Blaine.
—No hago más que referir los hechos —repuso Judd, con aspereza—. Además, hemos encontrado un campamento con todas las cosas de Ben Ide, muy cerca de la cañada donde hay ganado robado.
—Eso no impresionarÃa a ningún tribunal. Puede que sea culpable Ide y puede que no. El alejarse de su campamento nada significa. Es un cazador de caballos salvajes que no se está quieto. ¿Qué otras pruebas tienen contra él?