Río perdido

Río perdido

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Ina vio un caballo gris, cubierto de sudor; luego vio al jinete, Ben Ide. Estaba lívido; parecía aturdido, y su posición extraña era debida a las esposas que llevaba en las muñecas. Junto a él, montado sobre su caballo, estaba el indio, maniatado también. Walker, el agente de Judd, quedaba un poco atrás con su caballo. Ina volvió a mirar a Ben y le sorprendió su aspecto. Tenía los ojos hundidos. La joven sintióse desfallecer. ¿Por qué miraba así? ¿Es que le faltaba esperanza? ¿Su caso no tenía defensa?

—Aquí tiene usted a su hombre, señor Blaine —exclamó Judd a voz en grito—. Ya le hemos cogido, y precisa mente con las manos en la masa…

—Oiga usted, señor Judd —dijo Blaine con voz áspera, casi ruda—, sepa usted que ése no es mi hombre. Yo nada he tenido que ver con el arresto.

—Pero su socio, el señor Setter, sí, y eso es lo mismo —protestó Judd, aturdido y confuso.

—No, señor, no es lo mismo. Setter y yo no somos socios. ¿Ha comprendido usted?

—¡Que me aspen si lo entiendo! —exclamó Judd, furioso—. Setter me dijo que él le representaba a usted y que usted ofrecía mil dólares de premio…

—¡Cállese! —bramó Blaine con una voz que Ina recordaba muy bien—. Tengo la intención de hablar mucho y muy alto en este asunto… No he ofrecido ningún premio y no pagaré ni un dólar.


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