Río perdido

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—No…, todavía no —contestó Setter haciendo un es fuerzo—. Él…, yo… Pero no importa… Si Hall estaba allí, ¿por qué no lo arrestó también?

—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! —El policía se echó a reír a carcajadas.

La risa de Judd podía interpretarse que consideraba ridículo esperar de él tan magna empresa, y también podía verse en ella un doble sentido. Ina se inclinó a creer lo último, diciéndose que el asunto estaba muy embrollado. En aquel momento Marvie le apretó la mano, y, soltándola, se metió por entre los vaqueros para reunirse con su padre.

—Blaine —dijo Setter dirigiéndose al padre de Ina—, tenemos aquí a dos de los ladrones y, al condenarlos a su justo castigo, desharemos una de las bandas más formidables de abigeos. ¿Declarará usted en el tribunal de Hammell contra ellos?

—No, Setter, no haré eso —contestó Blaine secamente.

—Muy bien, aparecerá usted allá en otra calidad —exclamó Setter, furioso.

La alta figura de Amos Ide cruzó el círculo. Dirigióse hacia su hijo. Las voces apagáronse. Nadie se movió. Hasta los caballos parecían presagiar la catástrofe.

—Benjamín, mis predicciones se han cumplido.

—Sí, con tu ayuda —respondió Ben.


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