RÃo perdido
RÃo perdido —SÃ, sà —bramó Ben, cuyo rostro se puso rojo por la violencia del esfuerzo.
La tajante negativa aturdió por un momento al inexorable padre, mas la pasión, hasta entonces comprimida, surgió también en él, y de nuevo volvió a atacar a su hijo.
—¿Niegas haber dado refugio a un proscrito indio?
—No. Pero lo convertà en un hombre honrado.
—¿Niegas tu camaraderÃa con un criminal de Nevada?
—No puedo negarlo, puesto que no lo sé. Nevada nada me dijo de su pasado. Pero encontré en él un amigo que me ha ayudado más que tú.
—¿Qué opones al hecho de haber sido encontrado en el desván de tu granero un saco de orejas de toro? Ben se quedó mirando a su padre con muda consternación.
—SÃ, las han encontrado; las han visto —continuó Ide despiadadamente. ParecÃa dominado por la pasión dé probar algo a sà mismo—. Esas orejas estaban hendidas y algunas melladas. Sabemos por tales marcas a quién pertenece el ganado del que proceden. Y tú también lo sabes. Sacrificaste los animales para comer y guardaste las orejas para llevar la cuenta. Es una vieja costumbre de los abigeos.