RÃo perdido
RÃo perdido —¿Tú dices que yo he hecho eso? —preguntó Ben en voz baja y ronca.
—SÃ, porque he visto las orejas que encontraron en tu granero.
Marvie dio un salto y se colocó junto a Amos Ide. Es taba pálido y temblaba de justa cólera.
—Señor Ide —exclamó gritando—, no habÃa ningún saco de orejas en el desván del granero. He estado ocultando ahà mi aparejo de pesca todo el verano y juro que no habÃa nada.
Setter trató de dar un puntapié al muchacho, sin lograrlo.
—¡Sal de aquÃ! —exclamó con voz amenazadora, olvidando los circunstantes.
—Ven aquÃ, Marvie —ordenó Blaine—. Si sabes algo, puedes decÃrmelo a mÃ.
—Pero, papá —contestó el muchacho con calor—, ahora es ocasión de decirlo.
—Blaine, haga que lo dijo rapaz se calle —ordenó Setter, y con tanta fiereza lo dijo que Marvie se ocultó detrás de su padre.
—SÃ, Setter, por el momento, sà —respondió Blaine. Setter temblaba, cada vez era menos dueño de su reprimida pasión.
—Señor Ide —dijo—, ese chico es un embustero y no respeta ni a usted. Hurta los caballos para irse solo de paseo. Es un muchacho indomable, salvaje.