RÃo perdido
RÃo perdido Luego volviése y se dirigió con paso largo hacia su caballo. No vio a Ina, a la que pasó rozando. De un salto se puso en la silla y contempló con mirada aguda a Ben, que estaba aturdido y decaÃdo. Una sonrisa maravillosa animó las duras facciones del vaquero.
—Adiós, amigo. Estamos, en paz —exclamó espoleando su caballo—. Me detendré en nuestra cabaña el tiempo justo para reunir algunas provisiones… y para echar una última mirada al Rojo de California.
Pasó raudo por la puerta del corral y se desvió del camino para alejarse del grupo de jinetes que se aproximaba. El polvo se arremolinaba bajo el veloz caballo. Nevada no se volvió y, a poco, desapareció en la hondonada.