RÃo perdido
RÃo perdido —Hall, dÃgame si la promesa de una sentencia ligera le persuadirÃa a declarar contra los inductores, confesando aquà toda la verdad —preguntó Blaine.
—Me parece que sà —contestó el abigeo.
—Bueno, tiene usted mi promesa. Y si Amos Ide y Strobel están de acuerdo conmigo, su condena será breve.
—A mà me parece muy bien —opinó Strobel. Volviéronse los dos hacia Amos Ide. Éste seguÃa de pie, en la misma actitud que asumió al entrar, y sus agitadas facciones daban fe del conflicto que se libraba en él. Blaine vióse obligado a repetir la pregunta.
—No denunciaré a Hall. No apareceré en el juicio —contestó.
—Ya ve, Hall, tiene usted tanta suerte… como todos nosotros. Y ahora, dÃgame, qué opina de las afirmaciones de que Ben Ido robó ganado, especialmente el de su padre.
—¡TonterÃas! —replicó Hall, con sarcasmo—. Deben ustedes de haber estado locos al dar fe a tales chismografÃas. Setter les llenó la cabeza con sus artimañas. Asà hacÃa su negocio.
—¿Setter?… ¿Es que él era un abigeo? —exclamó Blaine.