RÃo perdido
RÃo perdido —Hijo mÃo, yo te regalaré un buen caballo para que montes en él cuando quieras —dijo—, y en cuanto a pescar truchas y cazar caballos salvajes… Bien, tal vez a mà y a mi amigo Amos Ide, aquà presentes, a los dos nos ha faltado algo en nuestra juventud que nos hubiese podido convertir en hombres más buenos… y en mejores padres.
Después se puso de pie.
—Strobel, creo que nuestra pequeña confabulación ha terminado —dijo—. Puede usted disponer del carro y de los muchachos para ir a Hammell… Buenos dÃas, Bill Hall. Quisiera saber qué es lo que le convirtió en abigeo… Bien, bien, enmiéndese…, como a todos nos hace falta.
Dicho lo cual se volvió hacia Ben, ofreciéndole su callosa mano.
—Creo que querrás quedarte a comer, antes de volver a RÃo Perdido y a ese caballo rojo.
Ben estrechó con fuerza la mano de Blaine, no sabiendo qué contestar.
—Gracias, señor Blaine —dijo, haciendo un esfuerzo para dominar su emoción—. Comeré un poco, y luego iré. Me habÃa olvidado por completo del Rojo de California.
—¿Recuerdas el ofrecimiento que hice de pagar diez mil dólares por él?