Río perdido

Río perdido

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De todos los caballos salvajes que Ben domara en su vida (y eran algunos centenares), el Rojo de California resultó ser el más inteligente, el que más respondió como un hecho muy notable, puesto que durante muchos años había sido el garañón más salvaje de toda la región selvática. Supuso que ello era en parte debido al hielo traidor en el que, a causa del resbalón, su captura resultó tan fácil. Ben, que conocía a fondo los caballos salvajes, se dijo que el Rojo no se aventuraría nunca más sobre el hielo.

Con infinita paciencia y gran cariño, mas con mano de hierro e inflexible voluntad, domó Ben al garañón como sólo él sabía hacerlo.

A la caída del sol de un día de a principios de octubre, cuando el trabajo diurno estaba realizado y Ben se permitió soñar en su próxima entrada triunfal en la ciudad, vio que Modoc observaba con gran atención el vuelo de los últimas patos silvestres, cuyo graznido familiar escuchaba Ben con singular placer.

—¿Qué dicen, Modoc? —preguntó al indio.

—Pronto mucha tormenta. Mucha lluvia…, nieve…, invierno húmedo —repuso Modoc, con el brillo de su inescrutable mirada, y un ademán lento, majestuoso, hacia el horizonte.


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