RÃo perdido
RÃo perdido —Ina, tu padre no se gastó el dinero en darte una educación superior para que hicieras eso —protestó la madre, alarmada.
—Pero tú solÃas ordeñar las vacas, y yo nunca me rebajo haciendo lo que tú —respondió Ina dulcemente, mientras abrazaba a su madre.
—Tu padre tiene puestas en ti grandes esperanzas —repuso la señora, reflejándose en su voz la duda. No conocÃa bien a aquella hija, largos años ausente de casa, y ahora tan persona mayor. Pareció aturdida por circunstancias de importancia monumental, y que no eran naturales.
—Los vaqueros pueden entrar dentro de poco —dijo después—. Más vale que te vayas.
—¿Por qué? A mà me gustarÃa verlos.
—Tu padre ha dicho que no quiere que ningún vaquero te galantee.
—¡Caramba! ¿Y si a mà me gusta? Tú te casaste con papaÃto cuando era un vaquero.
—Pero eso era distinto, Ina.
—Me gustarÃa saber por qué.
—Hija mÃa, yo entonces era lechera en el rancho de Kansas donde Hart Blaine era vaquero, y la cosa era natural. Tú ahora eres hija de un hacendado que será millonario.