RÃo perdido
RÃo perdido Ina se marchó, erguida la cabeza, el rostro en llamas, mirando fijamente a los vaqueros. Al irse oyó que Setter decÃa:
—Una muchacha muy terca, amigo; le costará dominarla.
—Usted también, ¿por qué insistió tanto en lo del joven Ide? —preguntó Blaine, furioso—. Parece que tiene usted mucho empeño en esparcir esa noticia por todo Hammell y la región…
Ina no oyó más, y cuando se halló también fuera del alcance de la vista, salió del corral y se dirigió otra vez al bosquecillo. Sentóse bajo el viejo pino, estableciendo asà un eslabón ante el pasado y las lamentables noticias que acababa de oÃr. Repasó toda la conversación, y aun que quiso acusarse de haber desconfiado de un hombre que era socio de su padre y por haber provocado la ira de éste, no logró arrepentirse de su actitud; más aún, se sintió zaherida y enojada.
—Si fuese verdad —balbuceó—, yo… haré que Ben vuelva al buen camino.