Río perdido

Río perdido

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A lo largo del sendero había una faja lisa y suave para los viandantes y cuando Ina echó a andar por él, encontróse de cara a las montañas de artemisa, al otro lado de las tierras bajas que antes constituían el fondo del lago, y las montañas rocosas en lontananza. El sol de la tarde, muy bajo ya, inundaba con suave luz las grises cimas y hermosas laderas. Ina sintió acelerársele el pulso; revivió en ella su viejo amor por los espacios abiertos, las colinas solitarias, las frescas brisas y la fragancia de la artemisa. Era este amor por la Naturaleza la razón de otra secreta alegría por su regresa a los escenarios de su infancia. Y al contemplar con la mirada intensa las grises montañas con sus purpúreas sombras en las hendiduras, sintióse atraída hacia ellas, como si la llamasen. ¡La llamada de las montañas! Luego pensó que en aquella dirección, en la vertiente opuesta, estaba el Río Perdido. Ida dominó súbitamente sus pensamientos y continuó su camino con paso apresurado, echando sólo de cuando en cuando una mirada pensativa hacia los negros montes aislados de la selva en el Oeste.






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