RÃo perdido
RÃo perdido Al parecer, la alusión a Ben era inoportuna, porque la anciana se puso seria y grave. Ina sintió que se hubiese hecho mención del hijo, porque ahora veÃase obligada a decir algo acerca de él, y no sabÃa qué.
—SÃ, recuerdo a Ben y nuestras riñas infantiles tan bien como todo —dijo con sencillez—. Me gustarÃa hablar de aquellos tiempos, pero lo dejaremos para otro dÃa. Adiós, señora Ide. Vendré a verla a menudo… Hettie, ¿quieres acompañarme hasta la calle? He de encontrarme con Marvie y Dall.
—Con mucho gusto, Ina —respondió Hettie.
Mas, una vez fuera de la casa, Ina se dio cuenta de la cohibición que embargaba a Hettie, lo mismo que a ella, y se dispuso a poner fin a la azarosa situación. Sin embargo, sólo después de recorrer la mitad del camino dio en el modo de llegar al corazón de su pequeña amiga.
Volviéndose de pronto hacia ella, preguntó sin ambages:
—Ahora, dime: ¿qué hay de Ben?
Hettie se tornó tan pálida que sus pecas se destacaban mucho, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Tú lo has oÃdo ya? —preguntó roncamente.
—He oÃdo muchas tonterÃas —repuso Ina—. No creo ni una palabra de todo. Tú dime la verdad.