Río perdido
Río perdido La primavera había sido tardía aquel año presentándose más seca que ninguna de las seis primaveras anteriores, que se habían caracterizado por su falta de lluvia. El lago Claro estaba tan bajo de nivel como nunca recordaban haberlo visto los indios modoc, que vivieron siempre en su vecindad. La blanca tierra cocida de la playa extendía cada vez más su ancha faja. En la amarillenta superficie veíanse manadas de patos silvestres que, en su camino hacia el norte, se detenían allí algún tiempo. A todas horas del día y de la noche podía oír Benjamín Ide sus gritos. Aquella parte del país era muy elevada. La escarcha en el tejado del granero y el hielo en la orilla del Río Perdido eran cosas corrientes hasta en la primavera. Las nevadas cumbres de las altas montañas que dominaban la región habían dado a una parte de ella su nombre.
Benjamín Ide salió de su cabaña para escudriñar la parte opuesta, la ancha ladera gris que subía hasta un desfiladero entre los dos grupos de la montaña Sage. Su aguda mirada recorrió la tortuosa senda hasta el lugar dónde desaparecía en una mella de la montaña.
—Realmente, no hay por qué preocuparse. Aunque, bien mirado, hubiesen debido regresar anoche —murmuró, volviendo a mirar hacia la senda.
