RÃo perdido
RÃo perdido —SÃ, todos menos mi madre, y ella no es ya fe lo que tiene, sino esperanza. Mi padre ha acabado con ella. Tú sabes que Ben fue su orgullo, y la decepción le ha hecho envejecer rápidamente… Es terrible; no comprendo por qué se ha de enfadar tanto por el amor de mi hermano por los caballos salvajes. Me da rabia cuando lo pienso.
—Bien, Hettie; parece, pues, que las dos pensamos lo mismo —continuó Ina sobriamente—. Ahora se trata de saber qué es lo que podemos hacer para arreglarlo.
—Ina…, no te comprendo —balbuceó la muchacha.
—Hemos de salvar a Ben antes de que sea tarde —declaró Ina, sonrojándose de un modo delicioso al darse cuenta del calor con que hablaba en favor del amigo de la infancia.
—¡Hemos de salvarlo! ¿Tú y yo? —preguntó Hettie muy bajo, asombrada.